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La feria artesanal de El Bolsón
Artesanos en El Bolsón
 
Artesanos en El Bolsón
 
Artesanos en El Bolsón
 
Artesanos en El Bolsón
 
Artesanos en El Bolsón
 
En pleno centro de El Bolsón un importante número de creadores se da cita para comercializar una amplia variedad de productos artesanales. Lo invitamos a conocer este claro exponente cultural de "la comarca andina del paralelo 42".
Frente a la plaza de la ciudad y a los pies del cerro Piltriquitrón, cientos de artesanos se dan cita los martes, jueves, sábados, domingos y feriados para comercializar sus productos en una de las mayores ferias de Sudamérica.
 
Nombrar a El Bolsón, indudablemente implica hablar, entre otras cosas, de los hippies, de su feria y de sus artesanías.

Hacia allí me dirijo, dispuesto a conocer a la mayoría de los doscientos cincuenta puestos que invitan a los turistas a observar y degustar productos regionales originales y deliciosos.

Entre estos "locales comerciales" logro apreciar cerámicas, lanas, trabajos en cuero, flores secas, dulces caseros, cerveza artesanal, fruta fina, cuchillos forjados a mano, velas de distintos tamaños, formas y colores, comidas y un sinnúmero de artículos y expresiones artísticas que embellecen al lugar.
 

Todo es una fiesta. A lo lejos alcanzo a percibir una especie de tambor que resuena realizando sonidos afro-americanos. Seducido por el místico tamborileo, me dejo llevar hasta el lugar de donde proviene la música, intentando averiguar de qué se trata.

En el transcurso, el murmullo de la gente se confunde con acordes de guitarras y flautas que dejan escapar sus "suspiros" por el aire. La cordialidad de los artesanos me hace frenar a cada instante. Pronto llego adonde está Gastón (23), quien en un repiqueteo sin igual, muestra su agilidad para hacer sonar el bongó. Es increíble ver la agilidad de este joven muchacho que, como poseído por el contagioso ritmo, no cesa un instante de golpear el tenso cuero de chivo que hace de parche.
 
Continúo caminando y lo veo a Leo (57) tallando la madera de una lenga. Los intensos golpes del incansable martillo de carpintero, rápidamente le dan la forma de una hoja en relieve.

Enfrente se encuentra María (60), laboriosa como pocas. Teje la lana de oveja, haciendo un sweater que, con seguridad, abrigará a algún niño en la próxima temporada invernal.

Los visitantes se mimetizan con los artesanos y estos últimos con el paisaje.

Todo es contemplación y fascinación. El olor a sahumerio y a velas aromáticas me envuelve en el vértigo de la feria. Los sentidos se disparan en todas las direcciones, acompañando el adictivo frenesí del ritual que se viene realizando hace más de treinta años. Yo sólo continúo caminando, sonriendo, y observando.
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